| 11 comentarios |

lunes 2 de noviembre de 2009

Nuestro injusto “Anton Ego”



Hace unos días en tertulia con varios amigos, estuvimos comentando un discutido artículo, que pudimos leer este verano, en una revista mensual murciana de sociedad y política. El artículo en cuestión consistía en una severa crítica gastronómica a un restaurante recientemente inaugurado en La Manga del Mar Menor donde textualmente nuestro “Anton Ego” murciano escribía lo siguiente:

“Uno llega y se sienta. Aparece el sumillier y le pides un vino fresquito. El encorsetado caballero puesto de pajarita te sirve un aguado vino de Oregon (made in EEUU) cantando en interminable letanía las virtudes del mismo. Sin mediar palabra, sin carta y sin precios comienza un despliegue del menú degustación por gracia de la casa.

Para empezar: Jamón con el sello de “Hu” que o responde a Huelva sino a Hungría, seguido de una cosa parecida al danone con dos rodajitas minúsculas de pulpo, y justo al lado un trocito (parecía masticado por la dentadura de la abuela) de salmón ahumado moteado por caviar de la tierra.

El segundo: Carpaccio de reno en plan “ostilitrasparente. Si, lo han leído bien, de reno, ése cérvido que traslada a Santa Claus en la Pascua, pero ni estábamos en Laponia ni se trataba de celebrar la navidad. Era La Manga y junto a dos mares.

El Tercero: Foi de no sé qué que cogía en una muela (como la falange del dedo índice) enmascarado con azúcar moreno, por supuesto con un perdigón de mermelada.

Y para colmo: Bacalao ultracongelado (lo explicaron en plan científicos de la Nasa) que no se lo hubiera comido ni un enfermo en artículo mortis por inanición. Justo al lado de la mesa, y para mayor intimidad, una camarera golpea con la zaranda el polvo de los sillones.

Factura: 303 euros.

El lugar tiene vocación de “chic” a no ser por la cortina negra con lamparones que separa el comedor de la barra y por las puertas abiertas de los lavabos que despiden efluvios a orines emponzoñados con ambientador de fresa.

Que te arrimen un bacalao ultracongelado junto a las Encañizadas del Mar Menor es un pecado capital, sobre todo cuando no proporcionan una carta de platos y sus respectivos precios y la casa se desentiende sirviendo lo que les viene en gana. Lamentable por los trescientos del ala y por salir en ayunas, eso sí, el lugar, insisto, perfecto gracias al paisaje.

Lamentable y para no volver.”



Esta crítica gastronómica, publicada sin firmar, incluso teniendo en el fondo razón, que no lo voy a discutir, me parece innecesaria en sus formas. Todos somos exigentes hoy en día en un restaurante, valoramos mucho la relación calidad/precio tanto del servicio como la del menú, pero hay otras formas para expresar nuestro desacuerdo. Escribir unas cuantas letras intentando tirar por tierra el trabajo, ilusión y esfuerzo de muchas personas, no lo considero adecuado. Un crítico debería de tener en cuenta que con sus palabras está condicionando el comportamiento de sus lectores, y aunque la crítica no debe de estar exenta de sinceridad, sería deseable manifestar su desagrado en otros términos.

En mi opinión estoy de acuerdo con el dicho de que los críticos no deberían pretender cambiar el mundo ni hacer que algo funcione, simplemente decir que no funciona, pero la forma en que lo expresen debería de ser tenida en cuenta.

Una crítica gastronómica debería de ser constructiva, valorada por los chefs y propietarios del restaurantes para mejorar. Pero la crítica más importante es la de los comensales, los clientes que a diario acuden al restaurante, y no la del crítico por muy preparado que este.

Yo particularmente como crítica gastronómica siempre me quedaré con la del auténtico Anton Ego al Restaurante Gusteau’s al final de la entrañable película Ratatouille.

En muchos sentidos, el trabajo de un crítico es fácil. Arriesgamos poco porque gozamos de una posición que está por encima de los que exponen su trabajo y asumimos nuestro criterio. Nos regodeamos en las críticas negativas que son divertidas de escribir y de leer. Pero el hecho más amargo que debemos de afrontar los críticos, es que a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probáblemente más sentido que la crítica en que lo tachamos de basura. Pero hay veces en la que un crítico realmente se arriesga, en pro del descubrimiento y la defensa de algo nuevo. El mundo es hostil para los nuevos talentos y las nuevas creaciones, lo nuevo necesita amigos. Anoche yo viví una nueva experiencia, una comida extraordinaria precedente de alguien singularmente inesperado. Afirmar que tanto la comida como el cocinero han cuestionado mis ideas preconcebidas sobre la buena cocina, sería quedarse muy corto. Me han estremecido hasta lo más profundo. En el pasado nunca oculté mi desdén sobre el lema del Chef Gusteau: Cualquiera puede cocinar. Pero me doy cuenta que no había comprendido lo que realmente quería decir con ello. No es que cualquiera pueda ser un artísta sino que los grandes artistas pueden proceder de cualquier lugar. Resulta difícil imaginar orígenes más humildes de los del genio que cocina hoy en Gusteau y que en opinión de un servidor es nada menos que el mejor chef de Francia. Volveré pronto a Gusteau hambriento de más creaciones."- Anton Ego.


...⇒
| 5 comentarios |

miércoles 28 de octubre de 2009

La broma ha terminado


No hay nada mejor para informarse de lo que sucedió hace exactamente 80 años que releer el famoso relato que nos dejo en el libro "Groucho y yo" el inigualable Groucho Marx. A través de sus irónicas palabras repletas de su inteligente humor negro, podemos hacernos una idea del verdadero sentimiento de entusiasmo y optimismo en el que se vivía en los felices años 20, y como de repente, sin que nadie se lo esperara, salvo contadas excepciones, la economía americana primero y la mundial a continuación se hundieron en seis días. El jueves 24 octubre de 1929, Walt Street dio un aviso serio de cambio de tendencia para la mayoría de valores del Dow Jones, el lunes 28 y martes 29 fue la confirmación de que el sueño de hacerse rico especulando en bolsa había terminado para todos. El crack del 29 provocó la pérdida de los ahorros para muchos ciudadanos, el cierre de muchos bancos, la desaparición de muchos puestos de trabajo y bastantes años de pobreza y penurias económicas para todos. La broma había terminado.


"...Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: - Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation" […]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: - No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. - No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: - Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. - Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: - Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […] Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores. Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figúrese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."

Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó.

En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.

El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación..."




Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia, pero lo siento no lo puedo evitar, si cambiamos la burbuja especulativa del año 1929 del mercado de valores con la burbuja especulativa del mercado inmobiliario del año 2007, el parecido es sorprendente coincidente aunque esperemos que los efectos no sean los mismos.
...⇒
| 8 comentarios |

miércoles 21 de octubre de 2009

Integridad y Responsabilidad


El argumento sobre el que gira la última campaña publicitaria del banco inglés HSBC consiste en recordarnos que para muchas personas la integridad y la responsabilidad son más importantes que el dinero. Ellos comentan que aplican esos valores en sus decisiones financieras.

Siempre es bueno que nos recuerden esos valores, pero en mi opinión, gran parte del origen de la crisis financiera se debió, a que no siempre en el sistema financiero internacional, se actuó con responsabilidad e integridad.

En España sin ir más lejos, muchas decisiones, a la vista de la situación actual de la Banca Española, fueron tomadas pensando siempre en el dinero. Se firmaban hipotecas, préstamos y pólizas a empresas y particulares cuya capacidad de pago era más que dudosa. Las consecuencias de esa gestión la estamos padeciendo todos ahora, escasez de efectivo, restricción del crédito, cierres de empresas y por supuesto incremento del paro.

Siempre se ha comentado que de los errores se aprende, y sería deseable que de esta crisis todos aprendiéramos que siempre hay que anteponer en nuestras decisiones la integridad y responsabilidad antes que el dinero.



...⇒
| 4 comentarios |

domingo 18 de octubre de 2009

Improvisando


Nuestra querida y desconocida ministra del prescindible Ministerio de Vivienda, Beatriz Corredor nos entretuvo hace unas semanas con unas declaraciones suyas en los “Desayunos de TVE”. Aunque con algunos días de retraso, hoy por fin puedo comentaros sus declaraciones…

Nuestra débil oposición anda estos últimos meses tachando al Gobierno de improvisar en las últimas decisiones económicas tomadas y ahí que va la ministra y nos cambia el significado de la palabra improvisar, con un par, y todos los contertulios sin rechistar.

Ella define improvisar como la “adaptación rápida a una circunstancia que cambia de forma imprevista, por tanto si el Gobierno se está adaptando a una circunstancia que cambia de forma imprevista evidentemente es improvisar, pero es que nuestra obligación y la del Gobierno de todos los países. Esta es la fase de la crisis en la que estamos y vemos que hacemos para ayudar a nuestros países”

“¿Qué es lo contrario de improvisar?, lo contrario de improvisar es el inmovilismo.”

A esta buena señora, que por sus declaraciones parece que ni ha asistido a las dos tardes de economía de su jefe Zapatero, habría que indicarle que la adaptación rápida a una circunstancia se llama flexibilidad y no laboral precisamente, y que en economía existe la “Planificación presupuestaria”, lo que ocurre es que visto lo visto los ministros de Economía socialista suspendieron esa asignatura, pues año tras años elaboran unas previsiones que de partida son ya erróneas como por ejemplo, PIB, inflación, déficit presupuestario etc.…, y así es muy difícil que las cosas salgan bien y por eso nuestro Gobierno se ve en la necesidad de tomar unas medidas, a cual más desafortunadas, para intentar corregir los desequilibrios que ellos mismos han provocado.

Por último me gustaría comentar el verdadero y único significado de la palabra improvisar según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española:

Improvisar: 1. tr. Hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación.

La ministra nos reconoce y se siente orgullosa de comentarnos que el Gobierno esta improvisando y yo no soy quien, a raíz de su verdadero significado, para llevarle la contraria a toda una ministra. Ministra estoy de acuerdo contigo, el gobierno esta improvisando, aunque espero que sea por poco tiempo.

En el video que os dejo esta la entrevista completa. En el minuto 23 es donde están las declaraciones a las que he hecho referencia en esta entrada.


...⇒
| 12 comentarios |

jueves 10 de septiembre de 2009

Los orígenes de la Publicidad en EE.UU a través de la colección The R.C. Maxwell Company

En esta entrada vamos a recordar los orígenes de la publicidad exterior a través de una de las empresas pioneras en cartelería exterior como fue The R.C. Maxwell Company. Su magnífica colección consistente en más de 35.000 fotografías profesionales de sus vallas publicitarias tomadas desde el año 1917 hasta la década de los 90 fue donada en 1996 a la Universidad de Duke por David C. Maxwell. Una pequeña parte de estas fotografías la podemos visionar en la colección digital Emergence of Advertising in America de la Universidad de Duke pero suficiente para permitirnos disfrutar y observar la excelente publicidad exterior que The R.C. Maxwell desarrollaba en entornos rurales, coches, personas, tiendas, paseos marítimos y playas, localizadas en varias ciudades de la costa Este americana, Nueva Jersey, Filadelfia, Atlantic City, etc.

La industria de la publicidad comenzó a adquirir una estructura moderna en los EE.UU. a mediados del siglo XIX, hasta entonces la publicidad consistía en pequeños carteles que se pegaban en cualquier pared o espacio disponible. Años después las mejoras tecnológicas en la imprenta hicieron posible imprimir hojas más grandes que montadas en varias piezas podían crear carteles muchos más grandes. Los circos y los teatros fueron los primeros que utilizaron esta nueva forma de publicidad pero pronto estos carteles con soporte de madera se montaron a lo largo de las líneas de ferrocarril. En la década de 1870 la revolución litográfica en color permitió que estos carteles se pudieran imprimir en llamativos colores a la vez que se mejoraba el diseño. La industria en su conjunto en 1872 vio la necesidad de organizarse buscando la normalización de las estructuras donde montar carteles. En 1900 se alcanzó el acuerdo para el diseño de una estructura que podía contener un número variable de hojas para cada anunciante de 42”x 28” de tamaño. Esta normalización supuso un paso importante para la aceptación de los carteles como soporte publicitario válido y frenar a los movimientos que surgieron en contra de la colocación de carteles en la vía pública.



Cartel de Sales de Bromo para el dolor de cabeza en 1918


Newark 1921

The RC Maxwell Company fue fundada en el año 1894 en Trenton (Nueva Jersey) por el entonces joven pintor de 21 años Robert Chester Maxwell. Hasta su venta en el año 2000 fue la empresa más antigua de publicidad exterior que existía.

En el siglo XIX el ferrocarril era el principal medio de transporte, Maxwell comenzó su negocio construyendo en estructuras de tablas de madera, donde colocaba grandes carteles publicitarios para ser vistos por los viajeros. Con la llegada del automóvil su negocio se amplió con vallas publicitarias a lo largo de la creciente red de carreteras y autopistas donde durante muchos años han estado informando a los automovilistas hasta convertirse en parte de la cultura norteamericana.

Publicidad en el ferrocarril 1925

Publicidad de J.E. Stevenson en 1921

Cerca del tunel de Lincol en Pennsylvania 1922

Con el desarrollo de la bombilla incandescente después de la Primera Guerra Mundial, la empresa empezó a crear en 1917 carteles de publicidad con electricidad. Maxwell vio un gran potencial en estos espectaculares carteles y montó en Atlantic City una planta para la fabricación de carteles publicitarios eléctricos.
Altantic City 1920

Paseo marítimo Atlantic City 1920
Panoramica de Atlantic City 1921

Son muy numerosos los carteles que se colocaron en Atlantic City pero entre las creaciones de esta filial destaca el gigante termómetro de 50 pies de altura para Colgate, colocado en un edificio en el Boardwalk o paseo marítimo de Atlantic City en 1922, donde se menciona como el termómetro más grande del mundo.

Termometro de Colgate en Atlatic City 1920

Carnaval 1924 de Atlantic City

Atlantic city Boardwalk en 1924
El que se construyó en 1926 para la firma de cigarrillos Chesterfield localizado en Steeplechase Pier entre la Avenida de Pennsylvania y el paseo marítimo de Atlantic City, fue el más grande, bonito y espectacular anuncio eléctrico del mundo. El mismo estaba compuesto de 26.000 bombillas que durante los 75 segundos de duración de un ciclo y en 27 etapas se iban encendiendo para terminar en una explosión de oro y blanco antes de apagarse completamente y comenzar de nuevo.


Construcción anuncio de Camel en Atlantic City 1924

Construcción anuncio Lucky Strike en Atlantic City 1925

Atlantic City 1925 Boardwalk

La colección de fotografías de Maxwell RC Company son importantes no sólo por su contenido publicitario sino porque también nos muestras paisajes urbanos y rurales de una época bastante lejana constituyendo las mismas, un valioso documento de la cultura americana de los primeros años del siglo XX.
Atlantic City 1925 Boardwalk

Todas las fotografías expuestas en esta entrada pertenecen a la Duke University y se pueden encontrar en este enlace para un uso no comercial de las mismas.
http://library.duke.edu/digitalcollections/eaa/browse/maxwell/

Forman parte de la libreria digital de la Universidad de DuKe: Emergence of Advertising in America
http://library.duke.edu/digitalcollections/eaa/
Recomiendo hacer clik en las fotografías para verlas ampliadas.

...⇒
| 12 comentarios |

domingo 30 de agosto de 2009

La olvidada curva de Laffer


En Junio comenté en una entrada las dificultades que estaban padeciendo las clases medias en esta crisis, a raíz de un entrevista de Zapatero el pasado día 17 de junio de 2009, en donde nos contó una mentira tras otra, sin que la entrevistadora en este caso Concha García Campoy le rebatiera ninguna de las inexactitudes en los datos que le manifestaba su entrevistado.

“¿Por ahora podemos decir que no van a ver más subidas de impuestos, no va a haber modificación del IRPF? No”

Parece ser que el adverbio “ahora” solo le ha durado a Zapatero setenta y tres días y donde dijo digo “ahora” dice Diego una vez más, pues "ahora" va y nos cuenta que habrá revisiones de impuestos y que estas subidas serán “limitadas y o temporales”. Todos conocemos las improvisaciones, medidas, contramedidas, reformas y planes de Zapatero que hasta el momento han resultado inútiles para salir de la crisis en la que nos encontramos, pero desde mi punto de vista, una subida de impuestos podría suponer la puntilla a todos los despropósitos que ha ido proponiendo este buen señor.

El economista americano Arthur Laffer sostuvo una teoría en la cual exponía que reducciones de impuestos llevarían a crecimientos económicos que a la larga aumentarían las recaudaciones de los gobiernos, y esta idea fue plasmada en su famosa y a la vez olvidada para nuestros socialistas “curva Laffer”, cuya gráfica exponía la relación entre las tasas impositivas y las recaudaciones de los gobiernos.

En el año 1981 Ronald Reagan accedió a la presidencia de los EE.UU, con la promesa electoral de una sustancial bajada de impuestos inspirándose en las teorías macroeconómicas de Laffer, si bien los resultados en los primeros años no fueron los esperados, no hubo un aumento en la recaudación y si que por el contrario, aumentó el déficit norteamericano, estas bajadas de impuestos sí que sirvieron para que desde el principio se incrementara la actividad económica y se obtuvieran crecimientos de la economía, que a la larga dieron lugar en años sucesivos, a mayores recaudaciones por parte de la administración federal. Años que por otra parte fueron los de mayor crecimiento en la economía norteamericana desde los posteriores a la II Guerra Mundial.

Son muchos los analistas que mantienen las bondades de las teorías de Laffer y su vigencia en un momento como en actual. Zapetero y su Gobierno de España, por lo visto tienen otras ideas en sus privilegiadas cabecitas que no son otras que subidas generalizadas de impuestos, justo, justo lo contrario a lo que se debería de hacer.
...⇒
| 27 comentarios |

miércoles 22 de julio de 2009

El traspié de Coca-Cola

Todos sabemos que la publicidad puede ser un arte, en muchas ocasiones Coca-Cola nos lo ha demostrado, pero en su última campaña lazada el pasado mes de Junio para la promoción de Schweppes (una de sus marcas), en el Reino unido, ha cometido a mi juicio y estoy seguro que estaréis de acuerdo conmigo, uno de los más lamentables errores de la historia de la publicidad.

La campaña denominada “Como obtener un asiento en el metro” traspasa el mal gusto, es ofensiva, utiliza a los mexicanos fomentando el rechazo hacia ellos por el miedo al contagio de la gripe A y es irresponsable al tratar de trivializar con un tema tan grave.

El problema de la gripe A es demasiado serio para que se frivolice con él, hay un temor generalizado entre la población, el número de casos contraídos aumenta por todas partes, en España han fallecido de momento cuatro personas, mas de setencientas en todo el mundo, y a estos señores de Coca-Cola no se les ha ocurrido mejor idea que utilizarla en esta campaña publicitaria.

Desconozco si las críticas hacia la campaña han dado sus frutos y Coca-Cola ha retirado los anuncios, no es la primera vez que desde diversos colectivos por lo menos en España se ha pedido la retirada de unos anuncios y la protesta ha dado resultado.

La verdad es que este tipo de campañas se podría esperar de cualquiera menos de Coca-Cola pero en esta ocasión nos ha defraudado a muchos.

Visto en briefblog
...⇒